Cuando el ajedrez cambia la vida: una historia extraordinaria

 
 
Phiona Mutesi es una sobreviviente ugandesa y este deporte le permitió forjarse espiritualmente, en medio de carencias extremas; "Descubrí que los deseos del corazón son los sueños que se cumplen", dice; hoy es la 2da jugadora de su país. Por Carlos Ilardo

Esta crónica sabe de lágrimas, sudor y sangre; su trama lleva la impronta del misticismo y la redención de un soneto borgiano: Dios mueve al jugador, y éste la pieza. Es la lucha de una sobreviviente ugandesa, que con fe cristiana y el ajedrez como fetiche, desafió su destino patibulario en suelo africano.

Phiona Mutesi es una niña que nació sin culpas ni remordimientos; con la piel negra, la sonrisa blanca, los ojos sin lágrimas y el rostro labrado, acaso, por la impotencia y la desesperación. Iletrada, no sabe, no contesta, si se le consulta por su edad o fecha de cumpleaños. Con edad de los primeros rubores posee una virtud: puede construir sueños frente a un tablero de ajedrez.

"Aquí en Uganda, muchos no saben lo que es el ajedrez -no tiene definición en la lengua luganda-, piensan que es un tipo de comida (risas)", contó Phiona a LA NACION, vía Skype, con la ayuda de su entrenador Robert Katende. Y agregó: "Mi sueño es que Dios me ayude a perfeccionar mi juego y llegar a ser una gran maestra. Así podré conseguir dinero para ayudar a mi familia".

Es que Phiona vive junto a su madre (Harrier), sus hermanos (Brian y Richard), y su sobrina (Winnie) en una chabola -una habitación de ladrillo, madera y chapa de 9m2 con sólo dos colchones para los cinco habitantes- en Katwe, un suburbio en el viejo bajo fondo donde el barro se subleva en el corazón de Kampala, la capital de Uganda. El punto geográfico con el mayor índice de infección de VIH (el 10% entre los adultos y, el 47% entre los trabajadores sexuales), y en el que las mujeres sólo son consideradas para el sexo (el 50% de las adolescentes son madres) y el cuidado de los pequeños. Todas las mañanas, ella compite frente a perros y ratas en la búsqueda de un trozo de comida, mientras camina 2 kilómetros para rescatar dos jarras de agua potable. Su mamá recorre otros 5 kilómetros para comprar aguacates y berenjenas, que revende en un mercado; parte de esos alimentos, junto a bolsas de curry en polvo, sal y hojas de té, completarán la única y rigurosa dieta familiar.

Hace cinco años que Phiona descubrió el ajedrez, a través de un programa Sports Outreach Institute, que dicta un ex futbolista, Robert Katende, en la Iglesia Agape, una endeble construcción que milagrosamente se mantiene en pie. "Nunca creí que estos niños, carentes de todo, pudieran interesarse por el ajedrez, pero lo intenté", contó, sonriente, Katende. Y completó: "Tenía sólo siete juegos de ajedrez, algunos incompletos de piezas; comencé con seis varones, y ahora son casi 40, y entre ellos Phiona. Este hogar es un refugio, la única comunidad que los chicos conocen. Todos somos hermanos y hermanas del ajedrez. Aquí nos olvidamos de lo que sucede afuera, porque Katwe es uno de los peores lugares de la Tierra".

Para Phiona, el ajedrez tiene muchas semejanzas con su modo de vida: "El ajedrez es muy parecido a mi vida. Si haces un buen movimiento estás fuera de peligro, pero una mala decisión puede ser la última". En 2010, a los 15 años, se adjudicó el campeonato local que le permitió integrar el equipo femenino de Uganda, que por primera vez jugó una olimpíada de ajedrez. Fue su primer viaje, en avión y a Siberia.

"Mis vecinos me contaron que el ajedrez es un juego de los hombres blancos y si permitía que Phiona jugara, los mzungu -organización de gente blanca en Uganda- me la llevarían lejos. ¿Pero qué otra elección había, si ya no tenía más cómo alimentarla?", contó la madre al enterarse del viaje de su hija.

"La experiencia desde lo deportivo y cultural fue fabulosa, ella se subió por primera vez a un avión, conoció el aeropuerto, el hielo, los ascensores, los baños y duchas, tuvo algún exceso en las comidas, convivió con chicas de Afganistán, India, Irak, Bolivia y sus diferentes culturas. Y aunque jugó 7 partidas y ganó sólo una y empató la otra, todas sus rivales se sorprendieron con su juego", contó su entrenador. La selección ugandesa finalizó 100° entre 115 países.

"Ella es una esponja que absorbe todo lo que le das. Su forma de razonar demostró que tiene un potencial enorme para dar", señaló la gran maestra canadiense de origen azerí, Dina Kagramanov, de 24 años, que tras derrotar a Phiona le regaló varios libros de ajedrez para que mejore su juego.

"Gracias al ajedrez soy una niña disciplinada, aprendí a leer y en la Biblia encontré la paz espiritual necesaria; descubrí que los deseos del corazón son los sueños que se cumplen", contó tras su regreso a Uganda.

Stephen Kisuze, vicepresidente de la federación ugandesa, le dijo a LA NACION: "Phiona es una niña con un gran talento, uno de los mayores en Uganda, cuya fuerza reside en el instinto. Pertenece al grupo de chicos que crecen en los campamentos de desplazados, que arrastran problemas de orfandad, educación y enfermedades. Afortunadamente fue rescatada por Katende para ingresar en el programa de la federación y el ministerio de deportes de Uganda. Actualmente es la 2» mejor jugadora de este país".

En agosto próximo se celebrará la olimpíada en Estambul y Phiona Mutesi, que recibió una beca para regresar al colegio, quiere repetir la experiencia del viaje. "Ella ganó la final del campeonato de 2011. Con su escuela obtuvo el torneo nacional y fue nominada para el premio al mejor ajedrecista. Ahora sueña con jugar otra olimpíada, pero sin ayuda será imposible viajar a Turquía", sentenció Katende.

Acaso por ello, Phiona Mutesi se aferra al místico ajedrez y redime el viejo soneto. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueños y agonías?, reza una plegaria; le sobra fe.


PANNO Y SU VISIÓN DEL CASO

El gran maestro Oscar Panno habló sobre Phiona Mutesi: "El ajedrez es una herramienta formidable. Sus dotes en la educación ya las conocemos; en este caso se trata de su sesgo integrador. A ella le permitió unirse, integrarse socialmente. Porque Phiona lo practica como un juego, no como una disciplina. Quizá hasta le cambió su destino de vida".

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